Cuando la autoexigencia paraliza

Actualizado: feb 6

Seguro que muchos de vosotros/as escucháis y utilizáis, a menudo, el término “autoexigencia” y puede que algunos la sintáis en vosotros/as mismos/as. Y es que la autoexigencia, acompañada de autocrítica constructiva, nos motiva a avanzar y a seguir creciendo como persona, y nos ayuda a ser la mejor versión de nosotros/as mismos/as.


Sin embargo, cuando esta sensación de querer superarse es excesiva, en vez de invitarnos a avanzar, puede paralizarnos. ¿Contradictorio, verdad? Imaginaos dos situaciones: una en la que tienes un jefe que te apoya y que te ayuda en tus proyectos, y otra en la que tienes un jefe muy exigente y autoritario, que no te da libertad y que siempre encuentra fallos de los que te culpa y te hace sentir inútil, por lo que trabajas con inseguridad y te cuesta acabar los proyectos por miedo a cometer errores. Los dos son tus jefes, pero ¿cómo crees que te sentirías con cada uno? Lo mismo sucede con la autoexigencia, es como si tuvieras un jefe dentro de ti, por lo que el problema no está en la autoexigencia en sí, si no en qué tipo de autoexigencia tienes y cómo la gestionas.


Cuando la autoexigencia es excesiva y no se sabe gestionar, se tiende a señalar únicamente los errores y es difícil fijarse en los logros. Además, de esos errores no se hace una crítica constructiva si no destructiva, lo que provoca una sensación de incapacidad que te paraliza. Esto sucede porque las expectativas que se tienen sobre uno/a mismo/a son exageradas y difíciles de alcanzar, por lo que la frustración es tan grande que no permite a la persona avanzar.


¿Por qué asumimos esas expectativas tan elevadas?

Las expectativas que tenemos sobre nosotros/as mismos/as se han ido creando a la largo de la vida con experiencias que nos han hecho entender hasta donde podemos llegar y lo que otros esperan de nosotros/as. Esto último es de gran importancia, ya que, si durante la infancia has ido recibiendo mensajes sutiles de que los demás esperan más de ti, genera una idea de que puedes hacerlo siempre todo mejor. Por ejemplo, si unos/as padres/madres muestran asiduamente a su hijo/a que saben que lo puede hacer mejor, el mensaje que recibe el/la hijo/a es que lo que hace no es suficiente. También puede ser que unos/as padres/madres refuercen en exceso a su hijo/a diciéndole que todo lo que hace está genial, esto puede provocar una presión al niño/a por no defraudar a los padres. Esto mismo puede suceder en otros ámbitos como en el centro escolar o las amistades.


Por eso, es importante averiguar de dónde vienen esas expectativas sobre nosotros mismo y, en definitiva, la autoexigencia. Ya que una vez identificado, será más fácil destruir esas expectativas y construir unas realistas basadas en nuestro autoconocimiento y no en lo que los demás esperan de nosotros.


Gracias por leer esta reflexión, espero que te haya gustado y te haya hecho pensar en qué tipo de autoexigencia tienes y cómo te tratas a ti mismo/a.


Reflexionar es un gran paso para el cambio.


Lucía Solaun Casado

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